Andas, sigues tu camino, pero no lo vives. Captas sentimientos, ves el amor, la tristeza, el enfado, pero no los sientes. Insensible, apagada, fría, tu alma suspira en un lago de indiferencia en el cual no sabes nadar. Te ahogas, poco a poco notas como te hundes más y más profundamente en la indiferencia. De repente, notas algo, ¿qué es eso? ¿estás... sintiendo? Sí. Estás sintiendo, algo muy tenue, pero intenso. ¿Qué es? Te asomas al recuerdo, y ves lo que tenías antes de ahogarte en la indiferencia; feliz, eras feliz. Algo te golpea fuerte en el pecho. ¿Qué pasa? Empiezas a recordar cómo llegaste al lago sin sentimientos, cómo acabaste siendo un vegetal inanimado. Ves toda esa vieja felicidad arrastrada en una espiral, lejos, muy lejos de tí. Y detrás de todo, aparece él, su cara, aquella que en otros momentos mirabas con dulzura. Pero eso que te invade no es ni mucho menos dulce, es rabia, es odio. No entiendes. Recuerdas, recuerdas cómo él te arrebató todo lo que te hacía feliz, él mismo.
Tanto sentimiento te ha mareado, respira hondo. Ahora sabes por qué nadas ahí, en las aguas de la nada, para evitar el dolor. Sin darte cuenta, evitas todo, el dolor, la alegría. Pero es obvio, siempre que haya un "Él", habrá dolor. Porque él no es uno en concreto, no sabes siquiera que aspecto tiene. No sabes si es alto, bajo, rubio, moreno, con brillo en los ojos al sonreír, una mirada firme, o sincera, no sabes siquiera si existe. Por no saber, no sabes ni si quieres que exista. Lo único que sabes, es que habrá muchos más "él", mucha más felicidad, muchas más espirales que se la lleven, mucho más odio y muchos más lagos. Y, de momento, prefiero ahogarme en mi lago.
martes, 27 de agosto de 2013
Prefiero ahogarme en mi lago.
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